jueves, 9 de abril de 2009

El niño y la literatura

Cuando iba a la escuela de pequeño, me encantaban las redacciones, me entusiasmaba tener que escribir cuentos. Creo que era la única cosa que hacía verdaderamente por gusto y no por superar a mis compañeros. Siempre que se tenía que escribir una historia para ponerla en la revista de la escuela, mi cuento era el elegido de mi clase. Ya entonces mi destreza para escribir se debía más a mi memoria que a mi imaginación. Siempre que tenía que escribir algo, mezclaba cosas que había leído o visto en la tele, con cosas personales y un final totalmente inventado. Únicamente recuerdo tres de aquellos escritos sin tener que hacer un gran esfuerzo, uno era la historia de un payaso que hacía reír a los demás, pero que él estaba muy triste en realidad. Recuerdo que esa historia la hice tras leer un libro que estaba por casa y que se titulaba “Catalans universals” y que dedicaba uno de sus capítulos al famoso payaso Charlie Rivel. También recuerdo que había que hacer un dibujo de la historia y que eso ya no me salía tan bien, yo nunca fui capaz de sacar algo de la nada y hacer que de una hoja en blanco saliese un dibujo me era complicado, siempre necesité referencias para hacer arte, como en aquella historia que hice a través de la historia del famoso payaso catalán.

Otra de las que recuerdo, era una historia de un chico que a través de una maquina en el tiempo, viajaba a 1492 e iba con Colon en su viaje a America…obviamente hacía poco había leído “La máquina del tiempo” de H.C. Wells y lo tenía en mente, pero bueno si a partir de ese libro, el famosísimo Steven Spielberg hizo la saga de “Regreso al futuro”, se le puede perdonar a un niño de 9 o 10 años que la cogiera de referencia esa obra para hacer un cuento para la revista de la escuela, ¿verdad? El tercero que recuerdo es el con el tiempo me ha hecho estar más orgulloso de mi mismo, en un día de Sant Jordi, de cuando debía tener 7 u 8 años teníamos que escribir la historia del caballero y el dragón, de modo que ahí ya tenía la referencia, había que utilizar la imaginación para hacer una buena historia. El cuento de todos los niños era muy similar, basando en la famosa leyenda, sin embargo yo decoré la acción en un futuro de dragones robots, el cual era derrotado por una nave espacial llamada Sant Jordi, del robot se escapó aceite del cual salía una rosa amarilla. Hace tres o cuatro años me vino esa historia a la cabeza y me sorprendieron dios cosas, primero la imaginación que tenía en esa época (Ahora creo que no la tengo) y segundo, como en esa época la ciencia ficción era mi máxima referencia, ¿Qué hace un niño de esa edad, leyendo ciencia ficción? Pues se debió más a la casualidad que a cualquier otra cosa, era la clase de libros que mi hermano mayor tenía por allí, leí (a trozos) 2001 de Clarke, La fundación de Asimov…libros que por supuesto no entendía por entonces, también leía clásicos libros de aventuras, hasta que comencé a darme cuenta que los finales eran previsibles y me aburrí de ellos. Siempre preferí escribir a leer, si bien es cierto que más tarda leí en tres o cuatro años más libros que lo que la mayoría se va a leer en su vida, ahora he vuelto a mi anterior posición. En la cual no disfruto mucho de la lectura, creo que eso en parte se debe a que cuando has leído muchos clásicos de siglos pasados, ves tan clara la referencia de los autores actuales que te parece que cualquier libro nuevo ya lo has leído antes.

El primer libro que recuerdo de pequeño fue pinoccio, mi padre me lo compró cuando tenía tres años (¡Dios, como puedo acordarme de eso!) Ese mismo día, me compró una cartilla para aprender a leer y un abecedario, en el cual recuerdo que en cada letra venía un dibujo que mostraba algo que empezaba con la letra en cuestión, recuerdo que en la “ch” salía un chino, es una de esas cosas que no sabes porque se te quedan marcadas.

Mi padre me enseñó a leer antes de que comenzase la escuela, fue muy duro para que aprendiera, demasiado creo, pero bueno, ahora sé que uno no nace sabiendo ser padre, que probablemente ese sea el “oficio” más difícil que hay y que normalmente uno lo hace lo mejor que puede. Todos los que estamos en este mundo estamos marcados por lo que vimos en los que son mayores que nosotros e igual que mis padres me marcaron a mí, a ellos les marcaron los suyos y así sucesivamente. Cuando eres pequeño no te das cuenta de esas cosas, crees que tus padres lo saben todo, que lo pueden todo…son los que están allí para ayudarte, para protegerte y piensas que ellos no tienen dudas, no tienen miedos. Cuando te haces mayor comienzas a darte cuenta, que los miedos crecen con los años, no disminuyen.

A pesar de la dureza de mi padre, lo resumiré que mi padre creía mucho en el dicho “Las letras con sangre entran”, yo le tenía más cariño a él que a mi madre, imagino que se debía a que como con mi madre estaba todo el tiempo conmigo, pues me llamaba más la atención los momentos con mi padre, probablemente porque eran menos y quizá más divertidos, al fin y al cabo él era el que te llevaba al parque, al bosque, a jugar a la pelota…

Años después la relación con mi padre cambio mucho, pero de eso también hablaré más adelante, de lo que si voy a hablar es de mi madre, de cómo paso a ser la persona que estaba allí sin más, a ser la primera persona que admiré en mi vida.

Un día cuando yo tenía cuatro años, se quedó embarazada, ¡Guau!, tenía una vida dentro de su barriga, ¡Increible!, desde ese momento nació en mí una admiración por mi madre y por las mujeres en general, ellas podían dar vida, traer una vida al mundo…¡Joder!, ¡un hombre no podía hacer nada parecido! Así que desde ese día coloqué a los hombres un paso por detrás de las mujeres en mi forma de ver a la vida…y empecé a oir a mi madre, un pozo de sabiduría sin fin.

No hay comentarios:

Publicar un comentario